Érase una vez que se era, un cuervo que había conseguido apoderarse de un hermoso trozo de queso que se le había caído a un pastor mientras sacaba a pastar su rebaño.
Muy contento, fué a posarse en la rama de un frondoso árbol del bosque donde tenía su nido. Tan contento estaba con su hallazgo que no vió como un zorro se acercaba, hambriento, atraído por el aromático olor del queso.
Viéndo la situación, el zorro, que era muy astuto ideó un plan para conseguir birlarle el queso al cuervo.
- Buenos días tenga usted señor cuervo – saludó amablemente el zorro.
El cuervo, educadamente movió la cabeza y emitió un leve graznido sin abrir el pico.
- Hace un bonito día, no cree? – insistió el zorro, tratando de que el cuervo abriera el pico y dejara caer el queso.
Desde la rama del árbol, algo nervioso por la intromisión, el cuervo se dió la vuelta buscando una rama más alta y alejada de ojos curiosos.
- ¡Vaya! Nunca me había fijado en el maravilloso plumaje que luce señor cuervo. ¡Y que decir de su porte majestuoso! – empezó a adularle el zorro-. En verdad le digo que si su canto corresponde a la pluma sois el Áve Fenix entre los habitantes de este bosque.
El cuervo al escuchar estas palabras hinchó el pecho de orgullo y miró al zorro, disponiéndose a deleitarle con su prodigiosa voz. Abrió el pico dejando oir un feo graznido, mientras el queso caía justamente a la boca del zorro.
- Aprenda señor cuervo la lección, que el adulador vive siempre a costa de quien le hace caso. Ésta lección le será provechosa, bien vale un trozo de queso en pago. Y se fué a comerse el queso recién adquirido a un sitio más tranquilo.
Y allí en lo alto de la rama, se quedó el señor cuervo durante un buen rato, mirándo tristemente el lugar por donde se marchó el zorro. Avergonzado y decaído por haberse dejado engañar se prometió a si mismo que nunca volvería a dejarse engatusar por palabras lisonjeras.
(Basado en una fábula de Esopo)

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